En toda disciplina científica, y en particular en las ciencias humanas y sociales, gran parte del avance de las ideas depende de la comunicación a través del lenguaje. Autores, editores, profesores, estudiantes, traductores, correctores, manejan, además de la lengua general, la que corresponde a su campo de especialidad, que va en aumento permanente en la medida en que la disciplina sigue vigente en el medio social.

       El consenso acerca de la definición de los términos básicos de una disciplina es el punto de partida de todos los debates que en ella se llevan a cabo. En tal sentido, la existencia de una academia centralizadora parecería constituir una ventaja. No son muchos los países que tienen academias de la lengua, y menos aún las lenguas que se rigen, en sus criterios de corrección y en su evolución, por las normas que emanan de ellas. ¿Es bueno o es malo tener una academia rectora, con autoridad para imponer sus puntos de vista? Las polémicas en este sentido han sido cuantiosas.

       En el mundo hispanohablante, la entidad tradicional que ha hecho sentir su autoridad a lo largo de casi tres siglos es la Real Academia Española (RAE). El célebre diccionario de la RAE, o DRAE, cambió de nombre desde 1925,[1] y hoy se llama Diccionario de la lengua española (Dile), aunque la sigla tradicional, DRAE, sigue siendo más utilizada. Su edición más reciente es la 23.ª, de 2014.

       Ahora bien: como todo diccionario, el de la RAE es selectivo, y es un diccionario “general”, no especializado. En su edición anterior (la 22.ª, de 2001), leemos:

El Diccionario da cabida a aquellas voces y acepciones procedentes de los distintos campos del saber […] cuyo empleo actual ha desbordado su ámbito de origen y se ha extendido al uso, frecuente u ocasional, de la lengua común y culta.[2]

       Por definición, entonces, está lejos de incluir todos los términos que emplea el especialista y no se ha intentado mantenerlo actualizado frente al torrente de nuevas voces que surgen día tras día en la ciencia y la técnica. En lo relativo a las ciencias humanas, y más específicamente a la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis, el DRAE solo recoge los términos que han pasado a ser utilizados por los hablantes en general, en toda clase de contextos. No obstante, como luego veremos, su inclusión u omisión de los términos de estas materias ha sido poco congruente.

       Para la inclusión de un término de origen científico en el diccionario general, el procedimiento consiste en consultar a las academias nacionales a fin de establecer qué vigencia real, y qué sentido, tiene un vocablo determinado dentro del ámbito lingüístico de ese país.

       Un término que dio lugar a consultas fue, por ejemplo, “freudiano”. Al respecto, la Academia Argentina de Letras se expidió largamente en un “acuerdo” publicado en 1984. Tras señalar que este adjetivo ya había sido empleado por Ortega y Gasset en su artículo “Psicoanálisis, ciencia problemática”, de 1911, y que figuraba en la mayoría de los diccionarios generales importantes, así como en muchos dedicados a la medicina, argumentaba:

… el auge que en las últimas décadas ha tomado el psicoanálisis […] ha planteado la necesidad de un calificativo que distinga las teorías y procedimientos propios de la escuela de Freud de sus desarrollos posteriores.[3]

       Lo cierto es que no todos los términos especializados que se ha sugerido incluir en el DRAE tuvieron la suerte de contar con una evaluación tan razonable. Muchos de esos términos fueron desechados, otros fueron incluidos con definiciones claramente deficitarias.

       En el caso de los términos psicológicos, psicoanalíticos o psiquiátricos, las omisiones de vocablos importantes son numerosas. Esto es lo que ha venido a poner de manifiesto un artículo de la revista virtual Panace@.

El proyecto difundido en Panace@

       Panace@ se autodefine como una “revista española de medicina, lenguaje y traducción”. Se publica con periodicidad variable, semestral o trimestral, desde el año 2000, únicamente en línea,  y goza de mucho prestigio entre los traductores científicos. Actualmente se difunde a través del sitio web de Tremédica, Inc.,[4] y es la publicación oficial de la Asociación Internacional de Traductores y Redactores de Medicina y Ciencias Afines, creada en el año 2005. Comenzó siendo exclusivamente una revista de medicina pero poco a poco se extendió a otros campos.

       Lo que aquí nos interesa es el artículo de un traductor médico español, Juan M. Martín Arias, titulado “Revisión de los términos del léxico psiquiátrico de la 22.ª edición del diccionario de la Real Academia Española y propuesta de nuevos lemas”. (Recordemos que la 22.ª edición del DRAE fue publicada en 2001). Aparte de la importante “Introducción”, el glosario total de agregados y enmiendas sugeridos, que abarcan de la letra “A” a la “Z” más un “Anexo”, se publicó, entre 2011 y 2014, en cuatro números de la revista Panace@.

       La idea de esta revisión le perteneció originalmente al español Carlos Castilla del Pino, afamado neuropsiquiatra y académico de la lengua desde 2003, autor de una muy conocida Introducción a la psiquiatría (1978-79). El fallecimiento de Castilla del Pino el 15 de mayo de 2009 truncó este proyecto, que fue retomado por Martín Arias.

De entrada, este afirma sin empacho lo siguiente:

Hemos revisado los términos del léxico psiquiátrico que figuran en la vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia Española (DRAE) y hemos llegado a la conclusión de que gran parte de los lemas deben ser actualizados. Efectivamente, se observan por doquier definiciones imprecisas, inexactas y, sobre todo, obsoletas.[5]

       Su objetivo al proponerse esta ambiciosa tarea se guió por los tres criterios siguientes:

1) términos que son importantes en el léxico de la psico(pato)logía y de la psiquiatría clínica; 2) términos que no son del todo ajenos a las personas cultas de hoy en día que se interesan por todo lo relacionado con la salud —en particular con la salud mental— y acuden al DRAE no tanto para conocer el significado de un término como para aclarar dudas (“¿esquizofrénico” o “esquizoide”?, ¿”maníaco” o “maniático”?, ¿”maníaco” con o sin tilde en la “i”?, “¿compulsivo” o “impulsivo”?, ¿”drogadicto” o “toxicómano”?, ¿”delirium” o “delirio”?, etc.), y 3) términos que consideramos mal definidos en el DRAE o que están ausentes de él, a pesar de su relevancia.[6]

       Claro que para la mayoría de los especialistas en este campo, muchas de las dudas que pueden planteársele a una “persona culta de hoy en día” son inexistentes: nadie debe explicarles la diferencia entre “esquizofrénico” o “esquizoide”, entre “maníaco” o “maniático”, o entre “compulsivo” e “impulsivo”. Convengamos, no obstante, en que tener bien definidos esos términos en un diccionario autorizado puede despejar muchas dudas y evitar debates estériles.

       En lo que sigue, he seleccionado ciertos términos vinculados con la psicología teórica o práctica y la psicopatología para mostrar las posibles falencias del DRAE y una manera de resolverlas —la que propone Martín Arias— que, a mi entender, es siempre prudente, sensata y clara. (Naturalmente, sería óptimo que los especialistas hispanohablantes pudieran opinar sobre estas definiciones y proponer mejoras, si fueren necesarias). Posteriormente, me ocuparé de las importantes lagunas del DRAE en materia de salud mental que este aporte de Martín Arias permite consignar.

Definiciones imprecisas, inexactas u obsoletas

       La lista completa de las palabras cuya definición en el DRAE se cuestiona está compuesta por 362 términos, entre ellos algunos tan básicos para esta rama de la ciencia como “afecto”, “defensa”, “histeria”, “inconsciente” o “yo”.

       En todos estos casos, el artículo de Martín Arias consigna: 1) la entrada completa del DRAE; 2) la entrada por la cual se sugiere reemplazarla, y 3) un comentario, a veces bastante extenso, sobre los motivos del cambio. Aquí nos abstendremos de reproducir los comentarios, por razones de espacio, y sólo mostraremos, para algunos términos (los que van de la “A” a la “C”), la entrada actual y la propuesta, de modo que sus diferencias sean más fácilmente visibles.

abstinencia, síndrome de – abulia – adicción – afasia – afecto – agitación – agorafobia – agrafia – ágrafo, fa – alexia – alucinación – alucinante – alucinógeno – amaxofobia – amimia – amnesiaanaléptico, ca – angustia – anorexia – anosognosia – ansiedad – ansiolítico, ca – antidepresivo, va – antisocial – apraxia – autismo – autista – bipolar – bradilalia – bulimia – bulímico, ca – catalepsia – catatonía – celotipia – ciclotimia – ciclotímico, ca – cleptomanía – cognitivo, va – compulsivo – conductismo – coprolalia – crepuscular

       Son 42 términos. He destacado en negrita algunos muy comunes aun en el lenguaje corriente, para los cuales daré ahora la definición del DRAE y la nueva definición propuesta por Martín Arias:

adicción:
Definición del DRAE (23.ª ed.)

  1. f. Dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico. 2. Afición extrema a alguien o algo.

Nueva definición propuesta

  1. f. Med. En psiquiatría, consumo compulsivo de una droga o de ciertos medicamentos de los que se tiene dependencia, o tendencia irrefrenable a realizar ciertas conductas de forma reiterada, tales como las compras, los juegos de azar o el trabajo, a pesar de que el enfermo es consciente del perjuicio que le depara.
  2. Dicho en sentido figurado, afición a cierta cosa que se practica o se consume con mucha pasión: “Juan tiene adicción a las motos”.

afecto:
Definición del DRAE, (23.ª ed.)

  1. m. Cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio, etc., y especialmente el amor o el cariño.

Nueva definición propuesta

  1. m. Psicol. Sentimiento que nos provocan los objetos de nuestro mundo interior o exterior, tales como las personas, las cosas y las ideas, ya sea de carácter positivo, como el amor y el interés, o de carácter negativo, como el odio, la envidia o el desinterés.
  2. m. Aprecio, cariño o estima que sentimos por determinadas personas.

alucinación:
Definición del DRAE (23.ª ed.)

  1. f. Acción de alucinar o alucinarse. 2. f. Sensación subjetiva que no va precedida de impresión en los sentidos.

Nueva definición propuesta

  1. f. Efecto de alucinar.
  2. f. Med. En psiquiatría, percepción de un objeto inexistente o que no está presente en el campo perceptivo, que el sujeto puede o no considerar real o que percibe claramente a pesar de no creer en su presencia.

[Se propone, además, agregar cuatro frases complejas, como alucinación cenestésica, háptica, etc.]

angustia:
Definición del DRAE (23.ª ed.)

  1. f. Temor opresivo sin causa precisa.
    4. f. Sofoco, sensación de opresión en la región torácica o abdominal.

Nueva definición propuesta

[Se sugiere unificar esas dos acepciones en esta:]

  1. f. Med. En psiquiatría, aprensión o miedo intenso sin causa aparente, acompañado generalmente de sensación de muerte inminente o de pérdida del control y de síntomas vegetativos, tales como dificultad para respirar, palpitaciones, opresión en el tórax, sequedad de boca y sudoración.
    crisis de ~: Aparición súbita e inesperada de la angustia.
    ataque de ~: Es sinónimo de crisis de angustia.

ansiedad:
Definición del DRAE (23.ª ed.)

  1. f. Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. 2. f. Med. Angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos.

Nueva definición propuesta

  1. f. Med. En psiquiatría, estado desagradable de miedo, aprensión, preocupación o desasosiego excesivos que impide al enfermo relajarse; es de menor intensidad que la angustia y, al contrario que esta, no cursa de forma paroxística con crisis o ataques y puede ser de carácter crónico; suele acompañarse de síntomas vegetativos similares a los de la angustia, aunque menos intensos.
    trastorno de ~: En psiquiatría, cualquier trastorno mental, tal como las fobias y el trastorno obsesivo-compulsivo, en el cual el síntoma principal es la ansiedad.

compulsivo:
Definición del DRAE (23.ª ed.)

  1. adj. Psicol. Que tiene impulsos irresistibles.

Nueva definición propuesta

  1. adj. Med. En psiquiatría, perteneciente o relativo a la compulsión.
  2. adj. Med. Dicho de una persona: que padece compulsiones.

[Y se propone agregar, para “compulsión”, una 3.ª acepción, que consignamos infra:]

  1. f. Med. En psiquiatría, tendencia irreprimible a repetir una acción a pesar de los esfuerzos del enfermo en sentido contrario.

coprolalia:
Definición del DRAE (23.ª ed.)

  1. f. Tendencia patológica a proferir obscenidades.

Nueva definición propuesta

  1. f. Med. En psiquiatría, compulsión a proferir expresiones groseras u obscenas; puede ser una tendencia de carácter obsesivo, un tic o un componente de algunos delirios agudos o crónicos.

Omisiones

       Además de los 362 términos cuyas definiciones en el DRAE cuestiona Martín Arias, su artículo propone agregar al léxico académico alrededor de 330 términos simples (como “agorafóbico” o “anaclisis”) y alrededor de 300 términos complejos (como “amnesia postraumática” o “angustia de castración”). En lo que sigue daremos una lista abreviada de 50 términos simples que no figuraban en el diccionario cuando Martín Arias escribió su artículo, y destacaremos con negrita los pocos que fueron incluidos en la 23.ª edición.

abreacción – agorafóbico, ca – anómico, ca – ansiógeno, na – arteterapia – autoerotismo – biologicismo – biologicista – clivaje – cognitivismo – cognitivista – contratransferencial – coprofilia – desensibilización – disociativo – empático – evitativo – farmacodependencia – farmacodependiente – gerontopsiquiatría – hipoactivo –hospitalismo – intelectualización – interconsulta – intrafamiliar – intrapsíquico – libidinal – ludoterapia – maniacodepresivo – megalomaníaco – metapsicología – metapsicológico – mnémico – negativismo – negativista – neuropsiquiatra – neuropsiquiatría – neuropsiquiátrico – obnubilado – obsesionado – pedofílico – preconsciente – preedípico –psicofarmacología – psicofarmacológico – psicogénesis – psicogenia – psicotizar – sociópata – sociopatía

       El lector juzgará si los 44 términos no destacados merecen o no un lugar en el vocabulario oficial de nuestra lengua. Lo cierto es que, pese a contar con esta nómina exhaustiva producida por un experto en la materia, con las correspondientes definiciones, todas ellas muy rigurosas, precisas y bien redactadas, las academias de la lengua no consideraron pertinente darles ese lugar.

 Impresiones de un traductor

       No son conclusiones las que puede extraer un lego, ya que ellas corresponden a los profesionales de la salud mental que deben utilizar estos términos; pero quizá tengan cabida algunas impresiones de un lector y traductor bastante ligado a este campo.

       Contar con una obra como el Diccionario de la lengua española, avalada por las veintidós Academias de nuestra lengua, puede ser una ventaja enorme en un mundo que, como el hispanohablante, está fragmentado en gran cantidad de países y de maneras de hablar y escribir esa lengua común. Más allá de su aplicación en las disciplinas especializadas, este instrumento lingüístico es para todos los legos en la materia —ya sea como meros lectores o como autores o revisores— una obra de consulta indispensable. Sin embargo, para que esa obra sea respetada por el conjunto de sus usuarios y goce de verdadera autoridad (sin autoritarismo), es menester que, por un lado, los especialistas en los distintos campos que vuelcan sus aguas en el caudal común estén atentos a la precisión, claridad y exhaustividad de sus entradas y acepciones, y verifiquen que el ritmo acelerado de incorporación de nuevos vocablos no la deje atrás. Por otro lado, será preciso que las propias Academias acojan y acepten las críticas y sugerencias que se hacen a la obra e instituyan mecanismos eficaces para evaluarlas y tramitarlas.

[1]  Hasta esa fecha se denominó Diccionario de la lengua castellana.

[2]  “Advertencias para el uso de este diccionario”, 2001, pág. xxxiv.

[3]  Boletín de la Academia Argentina de Letras, tomo XLIX, 1984, págs. 167-68.

[4]  Ver http://www.tremedica.org.

[5]  Panace@, vol. XIII, n.º 33, pág. 4.

[6]  Ibíd.

 

Foto LeandroLeandro Wolfson es un traductor científico y literario argentino. Ha traducido más de 220 libros y gran cantidad de artículos para revistas científicas, principalmente en el campo de las ciencias sociales, la psicología y el psicoanálisis. Desde 1995 ha actuado como revisor en talleres a distancia para traductores radicados en Estados Unidos y otros países. Es autor del libro El placer de traducir: experiencias y reflexiones de un traductor profesional (2005).

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