Milhojas
A carta cab(r)al
Olga Lucía Mutis

Las cenas en el crucero son muy divertidas, especialmente si los compañeros de mesa son agradables, como por fortuna fue el caso. Pero para ser francos, después de una semana de reír a carcajadas y de hablar todos al mismo tiempo, ya me sentía mal por la pareja que ocupaba la mesita vecina. A pesar de su edad (mayorcitos ambos), parecían dos tórtolos y brindaban todas las noches mientras cruzaban miradas arrobadas. Esa noche, la última en el barco, me armé de valor y me acerqué a ellos para disculparme por haberles hecho insoportables las cenas con nuestras risas. «Por el contrario, querida, disfrutamos mucho con su alegría». «Sí, pero seguro que no va a ser el mejor recuerdo de su luna de miel», les dije. Se miraron con cara de complicidad y al unísono dijeron: «no, no, si no estamos casados». «Bueno, tal vez mejor así, porque se ven muy enamorados». «Así es, nos conocimos hace 15 años cuando los dos estábamos casados». «Al principio nos escapábamos una vez al año y vivíamos una semana tormentosa antes de regresar a nuestros respectivos hogares». Y añadió él: «ahora somos viudos ambos, pero preferimos seguir así, porque explicarles a nuestras respectivas familias lo nuestro sería muy complicado».
No sé sus nombres, no sé dónde viven, pero estoy segura de que mientras escribo esto, en algún lugar del mundo chocan sus copas en un brindis colmado de amor…
El restaurante del hotel estaba casi solo, yo me había quedado entretenida en la sobremesa, con mi libro y el café que bebía a pequeños sorbos para que me durara. Sin embargo, unas voces airadas en tono bajo me sacaron de mi Kindle y me hicieron buscar su origen. Allá, al fondo del salón estaba Rosita, la mesera, una chica rayando los veinte, evidentemente discutiendo con Pedro, su compañero, apenas algo mayor que ella. No alcanzaba a escuchar lo que él decía, pero el lenguaje corporal de ella y su tono de voz eran suficientemente elocuentes para entender qué pasaba e imaginarme el diálogo completo. «Claro, no me dirás que estabas rezando el Rosario» y le manoteaba en la cara. Él, impertérrito respondía algo a lo que ella contestaba: «pues allá tú, ni te creas que me vas a hacer llorar». Y en su nerviosismo le echaba agua a un florero que, por supuesto, no lo necesitaba con sus flores de seda o acomodaba por enésima vez los platos de una mesa y limpiaba con su trapo las migas imaginarias del mantel en otra. «Ah, pero eso sí, luego no vengas a rogarme». Y haciendo un pase digno del mejor torero, se volteó y llamó: «Güero, güerito, ven acá». Un muchacho al otro lado del restaurante levantó la mirada de los platos que estaba acomodando en la mesa y, dejando su oficio sin terminar, se vino hacia Rosita, quien se enganchó de su brazo y se fue con él mientras le iba diciendo: «pues nada, que esta noche estoy libre y pensé que podíamos ir a cine»… Todo sin mirar atrás, sin ver la cara desencajada de Pedro.
Al día siguiente, Rosita y Pedro atendían en el restaurante de la playa y cada vez que se cruzaban, se hacían una morisqueta, un guiño, una sonrisa… todo estaba bien en el paraíso.
Lo vio pasar a su lado por la calle que bordea el mar. Sus ojos se cruzaron fugazmente, pero sus caminos iban en dirección contraria, como sus vidas. Unos pasos más adelante, lo sintió a su lado, oyó su voz, casi pudo ver su agitación. Sin mirarlo se dio cuenta de que se había devuelto por ella. Se detuvo y lo escuchó preguntar de dónde era. «Ah, sí, porque las de aquí no se visten así». Suficientemente intrigada, contestó algo y, cuando menos lo esperaba, estaba hablando con un desconocido, en una ciudad extraña, dos horas antes de irse para otro país. «¿Nos sentamos un momento?», preguntó él. Sí, tenía tiempo, su vuelo no salía antes de dos horas que pasaron raudas mientras hablaban de todo, de animales, de su separación, de la de él, de sus planes, de sus respectivos trabajos. Como si se conocieran de toda la vida, como si sus miradas, ahora enganchadas, nunca se hubieran separado, como si el tiempo y la distancia no contaran… de pronto se hizo el silencio. El reflejo del agua era mágico, el ruido de la calle parecía haberse detenido. Solo sus respiraciones se oían, mientras las cabezas se acercaban lentamente y sus labios sellaban el encuentro con un beso.
Tres escenas, tres mundos. El lenguaje del amor no tiene gramática, no tiene reglas, no tiene horarios. Se ama igual en invierno que en verano, con la luz prendida o en tinieblas. No necesita conjugaciones, da lo mismo el pasado que el futuro porque de todas maneras solo cuenta el presente. Al amor no le interesa la edad, ni lo que venga después, no pertenece a un sitio, no es de aquí ni de allá… como tú, Facundo.

Olga Lucía Mutis es colombiana, estudió bacteriología y tiene una maestría en medicina naturista y homeopatía. Se dedica a la traducción médica hace 22 años.Vive en Bogotá, pero pasa los fines de semanas en la finca, con sus perros, caballos y vacas. olmuser@gmail.com

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