Entre nubes, multitudes y descubrimientos… nos han cambiado hasta el nombre
Cristina Márquez Arroyo

Nos guste o no, están cambiándonos el escenario. Nos han dejado unos pocos de los antiguos decorados: la computadora, los diccionarios, los glosarios. ¿Algún micrófono? Pocos. El teléfono para comunicarnos con nuestros clientes cada vez tiene menos uso. Aunque sea smart. Ahora todo es interactivo, inmediato. El que primero aprieta el botón es el que tiene más probabilidades de ganar, como en juego del Jeopardy. Los foros de colegas amigos y conocidos, cuyas caras podíamos ver a través de la pantalla, van también quedando en desuso. Es cierto, algunos nos caían mejor que otros. Pero eran caras conocidas, los cruzábamos en alguna conferencia del ramo y nos alegrábamos de saludarlos, o mirábamos hacia otro lado. Pero los reconocíamos, era un gusto saludar… o esquivar a diestra y siniestra.

Tengo el dudoso placer de haber presenciado un cambio de escenario de similar envergadura en 1980, cuando IBM revolucionó el mundo de la traducción corporativa con la creación de un entorno de espacios virtuales dentro de una máquina que parecía ser enorme, aunque solo tuviera 384K de memoria (sí, ni más ni menos). Eso fue, claro, antes de la PC, antes de Windows, cuando Bill Gates todavía usaba el garaje de su casa para guardar la bici. Fue el primer cambio brusco de escenario. En un suspiro, eliminaron la máquina de escribir de avanzada, aquella con 64 líneas de memoria en cada tarjeta magnética que insertábamos cuidadosamente. Teclado y terminal de VM de por medio, nos «colgaron» del sistema grande de la empresa, donde nos dieron un repositorio común para guardar los textos fuente y meta. Comenzamos a compartir nuestro trabajo con otros colegas, con el único fin de producir más y mejor, dentro de los límites razonables de productividad. De esa producción «masiva» se esperaba calidad, uniformidad terminológica, más calidad, capacidad de adaptación a las variantes del español, aún más calidad. No hace falta repetirlo, la calidad era clave. ¿Algo más? Pues sí, había otro componente crítico: la confidencialidad a rajatabla, aun dentro de la misma empresa. Ni hablar de transferir conocimientos industriales a terceras partes.

Vuelvo al escenario actual, este que nos están cambiando, y no veo mucho sobre calidad o confidencialidad. Casi brillan por su ausencia. Ahora somos una multitud de desconocidos, todos debajo de una nube, a veces a la búsqueda de algún descubrimiento. Pero cuidado, que no estamos en las carabelas, ni la nube está sobre el Atlántico, ni mucho menos vamos en búsqueda de tierra firme. Mejor dicho: vamos a la deriva. Los más sazonados, un poco más mareados, como es lógico. Aunque los «menos hechos» tampoco se sienten seguros con este nuevo rumbo que nos imponen para poder seguir trabajando. ¡Es que hasta quieren cambiarnos el nombre! Ahora nos llaman «transcreadores». Parece que «transcreamos» textos en un segundo idioma con el propósito de que se entiendan y además resulten culturalmente adecuados para el público al que se dirigen. Esta forma de asignar proyectos, especialmente popular en literatura, publicidad y marketing, está empezando a utilizarse en todos los campos. Sé que esto suena a mensaje alarmista. Pero no puedo dejar de preocuparme al ver los cambios que están ocurriendo en el mercado de trabajo de los traductores independientes, justamente los más ocupados al tener que trabajar cada vez más por menos, sin importar dónde estemos. Los árboles son cada vez más frondosos y no tenemos el tiempo necesario para detenernos y tratar de ver el Sol a través de ellos. Corremos el riesgo de quedar aislados en la espesura, no saber luego cómo salir y encontrarnos con un paisaje desconocido cuando veamos la luz nuevamente. Lo que recibo en mi buzón de correo y veo en los distintos foros responde, cada vez más, al género «ciencia ficción». Que si quiero entrar en una «nube», o ser invitada multitudinariamente a traducir algún documento como «contribuidor», o quizás corregir la traducción automática de documentos «descubiertos» en el espacio internético, y otras rarezas semejantes. Más de una vez, me pregunto de qué están hablando. Como traductora con larga trayectoria independiente que todavía vive de su trabajo, creo que hablan siempre del mismo perro con distintos collares. Pero el mismo perro al fin (acepción 4 del DRAE).

En algunos casos, como el de Translation Cloud, se trata de «una aplicación innovadora que permite a cualquiera trabajar desde su hogar como traductor. Solo hace falta conocer dos idiomas con fluidez». Algunas de las especificaciones del sitio web no tienen desperdicio. La tarea consiste en corregir traducciones propuestas para un segmento de texto, en algunos casos mejores que otras. Hay que elegir la mejor. Ellos lo llaman proofreading. Si uno devuelve la traducción correcta, gana dinero (aclaran que en dólares) y mejora sus destrezas profesionales. Eso sí, siempre y cuando la traducción enviada esté libre de errores. Si en la nube encuentran alguno, aun un espacio en blanco innecesario, la traducción se considera incorrecta y no se paga. Y además, le bajan la clasificación general al traductor que, como mucho, puede aprender de sus errores; nunca apelar una decisión sobre la calidad de su trabajo. Si alguien tiene vocación caritativa, también puede ofrecerse de forma voluntaria, para ayudarles a aumentar la calidad final de las traducciones por máquina que ofrecen a sus clientes como alternativa. Por «motivos de seguridad», el traductor nunca llega a ver un proyecto completo, solo recibe una línea  por vez. Para que nadie se queje de la falta de contexto, aumentan la fluidez de lectura permitiendo ver la línea anterior y la línea posterior a la asignada para traducir.

¿Por qué querría un traductor trabajar en esa nube? Lo aclaro, por si alguien no descubrió aún las ventajas del sistema: pagan por corrección, no por traducción. No hay que perder tiempo enviando facturas ni propuestas para conseguir el trabajo. No hay que gastar en software, todo lo que se necesita es una conexión a Internet. Y por si esto fuera poco… ¡el trabajo rinde tanto, que cualquiera puede ganar una tarifa altamente competitiva! También hay posibilidades para los que prefieren las multitudes, que pueden registrarse para recibir ofertas masivas de traducción y participar en lo que se conoce como crowdsourcing. Este modelo de trabajo, utiliza «contribuidores»  en lugar de traductores profesionales, aunque a veces combinan ambas especies para alguno de esos proyectos que, en las buenas épocas, coordinaba un equipo tradicional de lingüistas con excelentes resultados en cuanto a calidad y confidencialidad. En general, este método se usa para blogs, portales de noticias, enciclopedias wiki y sitios web. No es necesario ser traductor para recibir la invitación y aceptar el trabajo. Los textos terminados se adaptan a su presentación en pantalla y se publican. La revisión lingüística está a cargo de un profesional, pero no siempre se considera necesaria. No siempre… o casi nunca. Los contribuidores reciben compensaciones no tradicionales, como incentivos o reconocimiento. ¡Resulta al menos irónico que tanto adelanto tecnológico termine nuevamente en trueque! Esta modalidad predomina entre las empresas internacionales que quieren mantener actualizadas las distintas versiones idiomáticas de sus sitios web y necesitan el mejor precio posible a causa del gran volumen de texto involucrado. Uno de los riesgos de estos proyectos, donde la calidad muchas veces se omite para reducir costos, es que la traducción publicada termine espantando potenciales clientes en vez de atraerlos y convencerlos de las bondades de los productos o servicios de la empresa. Pero… el costo justifica los medios y, a veces, hasta los resultados.

Existe otra modalidad de trabajo, e-discovery, más popular entre los traductores jurídicos, que no solo afecta a los lingüistas sino también a los asistentes jurídicos que se dedicaban a la búsqueda de documentos utilizables como evidencia en casos judiciales, y han sido reemplazados por estas nuevas «aplicaciones de descubrimiento electrónico». Se trata de programas que encuentran y extraen miles de documentos de la web, en los que además pueden detectar contenido específico mediante búsquedas inteligentes. El traductor, guiado por esos asistentes, accede a los documentos escritos en idiomas extranjeros y, según se decida en cada caso, corrige traducciones automáticas masivas o traduce a la vista los documentos más importantes, en ambos casos para poder evaluar la necesidad y la utilidad de traducirlos profesionalmente. ¿Estamos en condiciones de participar en este nuevo modelo de mercado? ¿Cómo podemos prepararnos?

A riesgo de que me llamen agorera, confieso mi temor ante el futuro, en especial de los colegas más jóvenes que tienen todavía muchos años de trabajo por delante, quienes deberán adaptarse a este nuevo escenario, gusten o no sus decorados. Me preocupa también que las universidades no incorporen en sus planes de estudio estas nuevas metodologías de trabajo y los recién egresados se encuentren con una realidad laboral totalmente inesperada.

La revista Multilingual de agosto publica un interesante artículo de Wayne Bourland en su sección Takeaway acerca de la traducción automática que, como bien dice el autor, hasta ahora ha producido mucho ruido y pocas nueces. Pero también menciona las posibles vías de aplicación de los sistemas de traducción que, con equipos cada vez más inteligentes y algoritmos de búsqueda cada vez más precisos, serán realidad antes de lo que imaginamos. Uno de sus comentarios me llama principalmente la atención: “Ultimately, translators will need to choose between two paths: high-end transcreation work or continuous, high volume post-editing, be it from a translation memory, MT or a hybrid of the two. There will not be a middle ground in the future”.

La palabra clave, en mi opinión, es «actualizarse». Cada minuto que no dedicamos a traducir debería destinarse a optimizar el rendimiento de los recursos terminológicos que poseemos, sean buscadores de tipo dtSearch, aplicaciones en los programas TAC, rutinas propias, etc. O bien, a capitalizar la cantidad de terminología bilingüe acumulada en nuestras memorias de traducción, esas en las que hemos invertido trabajo y tiempo. Palabra más, palabra menos, son un valioso capital que, sin embargo, no nos rinde ningún interés desde el disco rígido de la computadora donde las sepultamos apenas terminado un proyecto. Y ya que estamos, ¿por qué no navegar por la red para averiguar cuáles son las nuevas tendencias en la asignación de proyectos a los traductores independientes y probar alguna? ¿De qué hablan?

Estamos en una etapa de transición crítica en general, pero en muy pocos campos profesionales se avecinan cambios tan drásticos como en el de la traducción, cada vez más voluminosa, cada vez más masiva, cada vez más un bien de uso público. Aunque trabajemos de forma independiente, cada vez lo hacemos «más globalmente», si cabe decirlo así. Cada vez dependemos más unos de otros. En esta carrera, de nosotros depende mantenernos al timón de nuestra propia canoa. Si lo hacemos en conjunto y armoniosamente, más fácil será llegar a la meta.

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Fuentes citadas:

i Translation Cloud http://translationcloud.net
ii Crowdsourcing Translation Services http://www.acclaro.com/crowdsourcing-translation
iii e-discovery http://en.wikipedia.org/wiki/Electronic_discovery
iv perro. 4. m. Mal o daño que se ocasiona a alguien al en­gañarle en un acuerdo o pacto.

 

Traductora científico-técnica. Informática de profesión, fue gerente técnica del Centro Latinoamericano de Traducciones de IBM. Desde 1991 se dedica a la localización de software. En 1999 comenzó a especializarse en equipos médicos y traducción médica. Es fundadora y primera presidenta de Tremédica, en cuya junta directiva desempeña funciones de tesorera. 

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